Algo tan íntimo, y en apariencia tan simple, como es la relación que tenemos con la soledad constituye un terreno de complejos matices.

La evolución reciente en los motivos de consultas psicológicas revelan un efecto sorprendente y aparentemente contradictorio a medida que transcurren los días de confinamiento forzado.

Al mismo tiempo que han aumentado los conflictos de convivencia en grupos familiares y en las parejas también se han incrementado los cuadros de ansiedad y depresión en las personas que viven solas.

El factor desencadenante es evidente. La crisis actual está descompensando equilibrios de todo tipo… en especial aquellos que eran ya precarios.

De una parte, los grupos familiares cuyo nivel de interacción cuantitativo y cualitativo están condicionados a los tiempos residuales que dejan las ocupaciones de cada uno, ahora se están viendo ante el imperativo de una convivencia constante en un mismo espacio físico y en casi todas las rutinas. Como ejemplo de antes de este cataclismo, una imagen mañanera que ya parece un lejano recuerdo es la de los bares que mostraban personas que gustaban de tomar a solas su desayuno y leer el periódico. Muchos no suelen almorzar en casa. Los niños suelen desaparecer durante el largo horario escolar diario. Muchas parejas solo disponen de un espacio para interactuar al final de la jornada. La sobrecarga de exigencias vinculares es proporcional a la ausencia de esos otros espacios.

Un dato estadístico importante acaba de ser comunicado por el Ministro del Interior francés, Christophe Castaner. Se ha documentado un incremento dramático de la violencia doméstica en el área parisina desde el comienzo de la cuarentena que ya roza el 36%, y, por supuesto, las víctimas son mayoritariamente mujeres.

Por otra parte, para muchas personas que, por diversas razones viven físicamente solas, los contactos más o menos efímeros de amistad o de relaciones sentimentales aunque fueran con un grado relativo de compromiso son parte de un equilibrio y bienestar que la cuarentena ha roto, produciendo un aumento de cuadros depresivos y de ansiedad.

Esto explica la paradoja del aumento simultáneo de malestar tanto por tener demasiada compañía en unos casos como por su ausencia en otros.

Hasta aquí las cosas resultan comprensibles, y hasta evidentes, pero detrás de este hecho hay una cuestión importante en el funcionamiento psicológico de todos los individuos.

Se trata de que lo que aquello que llamamos soledad tiene un doble significado.

Podría usarse la palabra soledad con minúscula para las cambiantes circunstancias en que se tienen más o menos posibilidades de encuentros con amigos, o el llamado efecto del nido vacío que conocen quienes han llegado al momento en que los hijos se marchan de la casa. Incluso el vacío que se siente tras una ruptura sentimental.

En síntesis, esa soledad con minúscula puede ser más o menos fugaz y tener soluciones más o menos eficaces y satisfactorias.

En cambio, existe una Soledad que debería escribirse con mayúscula que es una condición irreductible de toda la existencia humana. Eso no significa que no existan momentos y encuentros suficientemente plenos en que el solucionar la soledad con minúscula nos haga sentir que la Soledad con mayúscula desaparece. Hay múltiples ejemplos de ese espejismo: la sensación de unión de un bebé con sus padres, la vivencia fusional de los estados de enamoramiento en los que se diluye la frontera de la individualidad, los estados místicos, las sectas. En fin, si se es parte de un todo, la Soledad con mayúscula pareciera desaparecer.

Una de las condiciones que hacen más fuertes a quienes estos días se ven sin posibilidades de evitar la soledad con minúscula es la conciencia y la aceptación de que de todos modos, la Soledad con mayúscula siempre ha estado y siempre estará.

Un ejemplo interesante me lo reveló un amigo que hizo la experiencia de haber circunnavegado el mundo en solitario durante varios años pese a que, me consta, ser capaz de disfrutar de la amistad y el amor. Cuando me describió una de sus singladuras más largas le pregunté por el sentimiento de soledad y me contestó que sentía una sensación de gozosa plenitud en la relación con la inmensidad del océano durante el día y con el infinito del cielo estrellado por las noches. Envidiable estado de quien acepta y convive con la Soledad con letra mayúscula como una elección.

Y no se trata de autismo, que es una patología en que la imposibilidad de empatía reduce las dos soledades a un estado de mutilación emocional. Por el contrario, quienes pueden tener conciencia, aceptar y gestionar la Soledad con mayúscula son quienes mejor pueden sobrellevar las alternancias entre el placer de la compañía y los momentos de carencia.

Orson Wells, el director de culto, autor de “Ciudadano Kane” que muchos consideran la mejor película de la historia del cine lo dijo todo en una frase perfecta:

“Estamos solos, vivimos solos y morimos solos. Solo a través del amor y la amistad podemos hacernos la ilusión, por un momento, de que no estamos solos.”

César Kacelnik,

Miembro Didacta de AMPP

Publicado en prensa en la Comunidad de  las Islas Baleares durante el confinamiento.

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