Yo no sé si el hombre que se esconde tras el pseudónimo de Cecilio de Oriol tiene una profesión dentro de la esfera de lo Psi, pero me parece probable.

Su novela neoepistolar -la novedad estriba en que la correspondencia se establece mediante correo electrónico- da vueltas durante 278 páginas a la vieja cuestión sobe la diferencia entre hombres y mujeres.

La mujer es un ser plenamente instalado en su cuerpo, mientras que el hombre vive el suyo como un simple instrumento (…) un hecho, tan obvio que es ignorado casi siempre hasta por ella misma: la inmediata familiaridad con su cuerpo y la consecuente instalación esencial en el mismo (…) El cuerpo le dice claramente que no es un mero instrumento de acción sobre el mundo exterior, sino el ámbito en el cual ella está en el mundo.

De la diferencia entre los cuerpos -la genética y la morfológica, no son sino temas aburridos-, lo único que le interesa es este supuesto aspecto de que el hombre, una vez pasada la turbulencia del cambio puberal y aceptado su cuerpo, se limita a utilizarlo como “un mero instrumento de acción sobre el mundo exterior” y la mujer, sin embargo, se instala en su cuerpo y hace de ese cuerpo, “el ámbito en el cual ella está en el mundo”. Y este fenómeno de estar plenamente instalada en su cuerpo, parece que es independiente de si está disconforme con él y hasta qué punto.

Así dice …Pero lo inevitable es que, amiga o enemiga, potencia o defecto, campo de juego deseable o terreno árido y odiado, la apariencia del cuerpo femenino entra a formar parte de su existencia en el mismo momento en que se muestra con plenitud desafiante ante la asombrada, complacida, entregada u horrorizada adolescente.

 

No termina de dejar claro qué entiende por vivir plenamente instalada en el cuerpo, que parentesco tiene ese vivir, con el rechazo o la aceptación del cuerpo, con la elaboración de la diferencia y con la conciencia de falta.

 

Porque para él, la diferencia principal no está entre los cuerpos, sino en el alma. A él lo que le interesa es explorar el alma de las mujeres. Empieza este recorrido por la cuestión del deseo.

Para las mujeres, el deseo del otro es siempre la puerta que podrá conducir al amor, con una posibilidad que no es tanto una probabilidad azarosa como un proceso que ella, la deseada, si acaso participa del deseo, está segura de poder conducir hasta las puertas mismas del amor compartido. Y es que el deseo tiene en el hombre un cierto toque de alerta predatoria, mientras que en la mujer que se siente deseada es la posibilidad de un creciente poder que va   a ejercer no como dominación, sino como suave pastoreo hacia el dulce camino que conduce hasta la felicidad otorgada y recibida.

 

Esta es su tesis, el hombre desea, la mujer ama. Y no digo yo que esto sea mentira, pero tampoco es verdad. El hombre desea y solo después puede llegar a amar, mientras que la mujer aspira a amar y ser amada desde el momento mismo del encuentro que hace nacer el deseo. (…) Desear el cuerpo del otro es un atributo masculino.

Dice nuestro autor que la mujer aspira a amar y ser amada desde el momento mismo del encuentro. Para intentar analizar despacio este aserto, podemos viajar hasta la Occitania del siglo XI. En esa próspera región surgieron ideas como el catarismo o el amor cortés que subvertían la estructura jerárquica del feudalismo.

Los cataros opinaban que el matrimonio es un estado de pecado permanente2, los perfectos cataros llegaban a recomendar la unión libre espiritual o el adulterio moral como mal menor, al mismo tiempo que toleraban el concubinato, práctica que adquirió valor de protesta y un significado de contramatrimonio.

 

En los Registros de la Inquisición encontramos testimonios en los que se afirma que el acto sexual es inocente siempre que cumpla dos condiciones: primera que se haga de mutuo acuerdo, en cuyo caso el placer no es pecado, resulta agradable en sí mismo y no ofende a Dios. Y segunda, que en caso contrario, sea efectuado como contraprestación. El teólogo Durand de San PourÇain, dejó escrito que en derecho natural, la fornicación simple constituye únicamente un pecado venial.

La herejía cátara fue arrasada a partir de la derrota del conde Raimundo VI en la cruzada que el papa Inocencio III convocó contra los albigenses, los cataros, en 1213. A esta derrota le sucedió la creación en 1231, de la Inquisición Papal, que se estrenó en la tarea de erradicar el pensamiento cátaro. En 1244, Montsegur, la última fortaleza cátara, cayó. Doscientos diez cátaros, fueron quemados. Occitania fue unida a la corona de Francia.

 

Pero antes, durante los siglos XI y XII, en los mismos lugares que fueron testigos de la tragedia y en otros próximos, las damas y las mujeres de la naciente burguesía, junto con algún eminente trovador, inventaron el Amor Cortés. En un tiempo de prosperidad económica y de distancia con las guerras, las mujeres consiguieron meter una cuña en la obtusa forma de regular la sexualidad y el matrimonio por parte de la Iglesia y del poder feudal.

Con más o menos influencia de las doctrinas cátaras, el Amor Cortés es una creación original que no se puede confundir ni con la posible herencia del Ars Amandi de Ovidio, ni con el amor viril de la Caballería ni con el amor místico desexualizado de Gonzalo de Berceo.

Es una creación eminentemente femenina. Fueron Leonor de Aquitania (1122-1204) y su hija María de Champagne las principales impulsoras, Bernard de Ventadour y Chretién des Troyes, sus principales poetas y el clérigo André le Chapelain, el que sistematizó sus reglas que llegaron a concretarse en las Cortes de Amor y los Tribunales de Amor.

Según una cita de Stendhal de 1822: hubo Cortes de Amor desde el año 1150 hasta 1200. Esto es lo que se ha probado, pero probablemente, la existencia de las Cortes de Amor se remonte a una época muy anterior.

 

Las damas que se reunían en las Cortes de Amor fallaban sobre cuestiones de derecho. Estas cortes le conferían a la mujer el lugar de una instancia de la ley, y el ejercicio de un poder3.

3Rithée Cevasco. El Amor Cortés, una estrategia de espera.

 

Se regularon Preceptos de Amor y Reglas de Amor. Entre los primeros el principal es el obligado secreto. Este secreto genera entre los amantes una intimidad compartida, germen de la pareja heterosexual fuera del ámbito y de la jerarquía del matrimonio. Porque el amor cortés no podemos confundirlo con platonismo.

 

Otros preceptos dicen: Al entregarte a los placeres del amor, no sobrepases nunca los deseos de tu amante. Así des o recibas los placeres del amor, observa siempre cierto pudor.

Entre las reglas del amor, destacan: Nadie puede tener dos amantes a la vez. Sólo los merecimientos nos hacen dignos de amar, no conviene amar a una dama a la que uno se avergonzaría de desposar. No ama verdaderamente quien ama con demasiada lujuria. (…) La fidelidad o constancia es intrínseca al verdadero amor. El amor se solicita y se otorga conforme a ciertos pasos.

El Amor Cortés supone una subversión de los valores masculinos dominantes. La Dama es el Señor, incluso se llega a decir que Dios creó a la mujer de mejor material que al hombre. (…) Los hombres no son nada, son las mujeres la fuente de todo bien. Ella puede otorgar la merce. Deja de ser indigno y vergonzoso amar a una mujer. Ahora estar enamorado es tender hacia el cielo por medio de una mujer.

Si para los doctores de la iglesia la mujer era soberana peste, puerta del infierno, arma del diablo…, no es sino por el empeño de la religión en su lucha contra la sexualidad y su intento de constreñirla en la labor reproductora dentro del matrimonio.

 

Lacan, muy interesado en este fenómeno, lo describe como una forma refinada para suplir la ausencia de la relación sexual, mediante la estrategia de la espera, al mismo tiempo que desvela la estructura del deseo no tanto como insatisfacción sino como imposibilidad, imposibilidad elevada a la estatura misma de la causa del deseo4.

4 Tomado de Rithée Cevasco, obra citada.

También pone el acento en la producción sublimatoria de esta modalidad amorosa, le dire d’amour, creador de cultura. Y es que el amor cortés inició ya con Guillermo de Aquitania, abuelo de Leonor, una rama de la poesía lírica europea.

Pero son dos los aspectos del Amor Cortés que ahora me interesa resaltar. Porque no sólo es un intento de contraponerse a la valoración negativa de la sexualidad y de la mujer. No sólo es una estrategia de espera para la realización o no, del deseo. No se trataba sólo de ser capaz de mantenerse en la mirada que conserva viva y eterna la llama de un deseo inagotable. El Amor Cortés genera nuevas formas de comportamiento y relación entre los caballeros, las damas y las doncellas de las cortes. En primer lugar me interesa señalar cómo no sólo piensa a la mujer como objeto de deseo, sino también como sujeto deseante. De esto dan testimonio romances escritos por varones y, sobre todo, los romances de las trobairits.

Buen compañero, cantando os llamo;

No durmáis ya, que oigo el pájaro cantar Buscando el día por el monte

Y tengo miedo de que el celoso os sorprenda,

¡y pronto llegará el alba!

Buen compañero, desde que me separé de vos

Poder no he dormido ni he dejado de estar de rodillas. A Dios he pedido, al hijo de Santa María,

Que me devolviese vuestra leal compañía.

¡Y pronto os llegará el alba!

Dulce buen compañero, estoy en tan feliz compañía Que quisiera ya no hubiese ni alba ni día,

En brazos tengo lo más bello nacido de madre, 

Por lo que nada me importa, ni el necio celoso Ni el alba5.

 

5 Amor Cortés y gnosis cátara

 

Porque el Amor Cortés no es platonismo. André le Chapelain, o Andreas Capellanus, distingue entre amor purus y amor mixtus.

El amor puro consiste en la contemplación del espíritu y los sentimientos del corazón, incluye el beso en la boca, el abrazo y el contacto físico con la amante desnuda, con exclusión del placer último, pues éste está prohibido a los que quieren amar puramente.

 

El amor mixto incluye todos los placeres de la carne y llega al último acto de Venus… este también es un amor verdadero y digno de elogio6.

6 Lillian Von der Walde. El amor Cortés.

 

En cualquier caso, parece que los dos tipos de amor incluyen una buena dosis de contacto físico.

El segundo aspecto, del que ahora me ocupo, tiene un valor práctico y de supervivencia. Me refiero al esfuerzo de aquellas mujeres por encauzar, mediante un suave pastoreo, el deseo masculino, de canalizarlo de tal manera que tuviera que pasar a través del filtro depurativo del amor y de la espera. Porque, efectivamente, el deseo masculino tiene un aspecto depredador y posesivo, conquistador. Un componente cazador que forzosamente busca nuevas piezas a las que someter.

Cualquier mujer, aún la más iletrada, sabe de la metonimia del deseo, de cómo ese aspecto parcial que hace de una mujer un objeto deseable para un hombre, puede ser encontrado en otras, lo que abre la puerta a una migración potencialmente incesante. También sabe de con cuanta frecuencia, el hombre confunde el deseo con el amor.

Cualquier mujer desea, pero sabe que la constancia, la fidelidad y la lealtad de su amante sólo le estará mínimamente asegurada si ese hombre, además de desearla, la ama.

Pensemos en el pasado, cuando eran muy pocas las mujeres que podían mantenerse por sí mismas. Para todas las demás, un buen matrimonio, o sea, la constancia de su marido en alguna forma de amor, era garantía de supervivencia. Sabemos el triste destino que le esperaba a aquella que se dejaba engañar: la deshonra y la exclusión.

Las mujeres desean y aman. El amor que buscan en el hombre viene a constituirse en un seguro, una protección contra el abuso y el abandono que puede sobrevenir cuando el hombre sólo desea y no ama a esa mujer. La mujer, históricamente ha buscado protección en un hombre, pero, ¿protección contra qué? Contra los otros hombres, contra el hambre y la intemperie, contra el desamparo inherente a la vida. Esta búsqueda de protección que empieza por asegurarse el amor del hombre que la desea, genera una asimetría radical en la relación que puede llevar también a abusos y violencia.

Pero esto es diferente a afirmar que la capacidad femenina para llegar al deseo a través del amor contrasta con la dificultad masculina para alcanzar el amor a partir del deseo. La capacidad femenina para el deseo está desde el inicio, en casi todas las mujeres, al igual que en casi todos los hombres. Sólo que quizá, una mujer espere que desde el amor ese hombre pueda distinguirla de otras, que mediante el amor, pueda tenerla en cuenta como sujeto que también desea.

 

Hoy en día las mujeres tenemos casi todas las puertas abiertas para ganarnos el pan, aunque a algunas niñas les cueste crecer y renunciar a la confortable protección paterna. Claro que también eso les sucede a algunos niños.

El tiempo del Amor Cortés pasó y su herencia no se limita a las empalagosas normas de cortesía que se filtraron como comportamiento elegante y cursi a través de la historia. Señuelo y engaño para que la mujer se mantuviera encerrada en su mundo doméstico, y no quisiera salir y participar, ni tomar decisiones, ni actuar. Nada más lejos de lo que fueron aquellas mujeres medievales.

También tenemos que tener en cuenta que el Amor Cortés nos ha llegado contaminado por el idealismo romántico del siglo XIX, ese mundo de damas etéreas… ese morir de amor, ese sentimentalismo extremo.

 

La principal herencia del Amor Cortés, en mi opinión, es la brecha que abrió en la certeza de la superioridad masculina, lo que posibilitó que la mujer pudiera poner algún límite al deseo sexual del hombre.

Volviendo al libro, considero que la dificultad para entender a las mujeres no es intrínseca a la mujer, ni siquiera porque no esté inscrito en el inconsciente el significante de la mujer. La dificultad está más en la mirada masculina.

Este trabajo es un continuo canto de alabanzas hacia una determinada mujer y produce, de entrada, una agradable satisfacción narcisista, velada enseguida por la sospecha de que tanta alabanza es, necesariamente, sinónimo de exigencia que nos conduce a pretender plegarnos a ese modelo de mujer inteligente, perfectamente instalada en su cuerpo, que no desea sino que ama.

Cuanto siento decepcionarle señor de Oriol, pero le confesaré que las mujeres no somos sino vulgares seres deseantes, en el mejor de los casos.

 

 

Resumen

El presente trabajo parte del libro El alma de las mujeres de Cecilio de Oriol y José Lázaro. Se critica la tesis mantenida por el autor en relación a lo que, según su criterio, marca la diferencia entre los hombres y las mujeres: el hombre desea, mientras que la mujer, ama. Se analiza el lugar que ocupa el amor en relación al deseo femenino, para lo cual se recurre al estudio de lo que fue el “Amor Cortés” en la Occitania medieval.

 

 Summary

The current work arises from the book of Cecilio de Oriol and José Lázaro, El alma de las mujeres. In this work it is criticized authors thesis about what make the difference between men and women: the man desires while woman loves. It is analyzed the place of love in female desire through the study of “El Amor Cortés” in medieval Occitania.

 

Bibliografía

BESÓ   PORTALÉS,   C.   El   sentimiento   amoroso   en   la   cárcel de amor.

CEVASCO, RITHÉE. El Amor Cortés, una estrategia de espera. 21 de abril de

  1. 2010. (Notas para una exposición oral,-mesa redonda-).

IBAÑEZ RODRÍGUEZ, M. Lectura cortés de la obra mariana de Berceo.

Biblioteca Gonzalo de Berceo. valleNajerilla.com

GARCÍA DOMÍNGUEZ, P. (1986). Amor cortés y gnosis cátara. Álbum de las artes y las letras. Madrid.

LACAN, J. (1958-1959). Seminario 6. El deseo y su interpretación. Paidós. LAUER, A. ROBERT. (2007). Amor Cortés (notas basadas en C.S. Lewis). MANRIQUE, J. (2006). Amor Cortés. Alinome.net/jorgemenrique/.

PALTRINIERI, A. Delirios medievales. El amor Cortés

VON DER WALDE MOHENO, L. (1997). El amor Cortés. “Espacio Académico” de Cemanáhuac, III: 35.

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