La formación en Psicoterapia psicoanalítica y en Psicoanálisis tiene tres pilares en los que se apoya: el análisis o la psicoterapia psicoanalítica personal, que se desarrolla en la singularidad del uno a uno; la supervisión clínica y la formación teórica. Estos pilares no son caprichosos, ni antojadizos. Pero lo fundamental que quiero resaltar es que ser psicoterapeuta o analista es un trayecto. Es un trayecto que se cruza con la propia vida, siendo tal este atravesamiento que nos demanda más de un análisis que nos ofrezca un respaldo para soportar la pulsión de muerte por la que seremos inoculados diariamente.

El psicoanálisis tiene una condición subversiva frente a la asfixiante uniformidad de la subjetividad contemporánea. Habla de lo singular y de la diferencia. Sostiene al sujeto del inconsciente como único y privilegia la escucha, el aspecto más difícil de nuestra práctica. Porque se trata no de escucharlo todo, sino lo que hay que escuchar. No perder de vista el deseo. Esta es la ética que sustenta nuestro trabajo. No distraernos con la imaginería, con la anécdota, con la palabra vacía, que inevitablemente se apodera del decir del paciente a pesar de sí mismo.

No es posible ejercer como psicoterapeuta o como analista fuera de una posición ética. Y esa ética es la que reconoce la verdad del inconsciente a la que paciente y analista están sometidos. No es posible trabajar fuera del campo del amor al saber, y me estoy refiriendo al amor del paciente por el saber inconsciente. Ese saber está inextrincablemente ligado a la mentira y a la verdad. Nadie escapa a su propia mentira. Esa que le aporta el síntoma sin ánimo de engaño. Esa mentira a la que me refiero es una forma de decir que nadie escapa a la represión. Pero detrás, velada por su fantasma se aloja una verdad que ningún terapeuta puede eludir. De ahí que el primer paso para trabajar con pacientes sea el análisis personal. ¿Cómo saber de su verdad?, ¿cómo conocer el amor al saber inconsciente sin haberlo atravesado?, ¿cómo saber escucharse? sin haberse escuchado ante otro que nos permita ubicarnos respecto de nuestro lugar en el mundo.

¿De dónde venimos? De la tradición hebrea de la Haskala, de la elite intelectual hebrea que se reunía periódicamente y ante la que Freud presentaba sus textos. Gerard Haddad, en su libro El hijo ilegítimo, penetra en las fuentes talmúdicas del psicoanálisis.

En este sentido, Haddad encuentra una similitud entre la interpretación freudiana y el arte de leer del Midrash como un método de interpretación de la Torá con sus propias reglas. Así, a partir de un enunciado de apariencia insignificante, tomado como contenido manifiesto, la interpretación subvierte ese significado enigmático para dar lugar a otro, posibilitando de este modo una lectura múltiple. El hombre es aquí un ser de lenguaje, un hablante, y la letra materializa el lenguaje propio del ser humano.

La teoría psicoanalítica tiene una lógica que va en contra de la lógica de la razón. No se trata de lo visible ni de lo evidente, sino de lo invidente, lo que no se ve a simple vista, pero cabalga como decía Freud de representación en representación, de palabra en palabra. No me refiero a la ignorancia, sino al desconocimiento de sí mismo sometido a la ley del deseo. Deseo y ética se dan la mano en la verdad del inconsciente.

Nos entregamos, como dice Lacan, a una operación de traducción que apunta a desatar una verdad, más allá del lenguaje del sujeto.

Carmen Rodríguez-Rendo

Psicoanalista- Psicoterapeuta psicoanalítico

Coordinadora del Comité docente de la AMPP

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